Cuando la calma se siente como vacío

Hay personas para las que la calma no se siente como descanso.

Se siente como vacío.
Como aburrimiento.
Como si faltara algo.

Y entonces aparece la necesidad de buscar un poco más de emoción. Más estímulos. Más urgencia. Más conflicto. Más movimiento.

No porque disfruten del caos.

Sino porque, durante mucho tiempo, ese nivel de intensidad fue su forma habitual de estar en el mundo.

El cuerpo aprendió que eso era estar vivo.

Cuando pasas años adaptándote a un ritmo de alerta, de exigencia, de incertidumbre o de movimiento constante, ese estado deja de parecer excepcional.

Se vuelve familiar.

Y la calma, en cambio, puede sentirse extraña.

Por eso, a veces, cuando llega una etapa tranquila, en lugar de sentir alivio puede aparecer una pregunta difícil de explicar:

«¿Y ahora qué?»

Y entonces aparece la necesidad de que vuelva a pasar algo. Volver a moverse, buscar estímulos, llenar el espacio. A veces, incluso, generar conflicto donde no lo había.

No porque estés buscando sufrir.

Sino porque todavía estás aprendiendo que también es posible vivir sin estar permanentemente en alerta.

No siempre buscamos intensidad.

A veces lo que buscamos es no encontrarnos con el vacío que aparece cuando la intensidad desaparece.

Y quizá el problema nunca fue la calma.

Quizá fue todo aquello que emergía cada vez que la calma hacía silencio.

Sanar no consiste en dejar de sentir ni en renunciar a una vida intensa.

Consiste en ampliar aquello que tu sistema nervioso es capaz de reconocer como seguro.

Hasta que un día la calma deje de parecer ausencia.

Y empiece, poco a poco, a sentirse como hogar.

Con cariño,

Miriam.

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